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sábado, 31 de diciembre de 2016

El despertar

El amanecer fue de un día cualquiera de invierno, frío, triste y nublado. Nada parecía tener sentido, ¿había sido todo un sueño?, demasiado real, decía para sus adentros. Sentía frío, mucho más de lo habitual; la tenue luz que asomaba por el ventanal dañaba sus ojos y decidió cerrarlos, taparse y escuchar. Al poco notó algo extraño, fuera de lo normal, tenía algo en el costado del cuello que al tocarlo le produjo un dolor punzante y su corazón se aceleró; ¿y si no había sido un sueño? lo único que se escuchaba eran los rápidos latidos, la preocupación se apoderó de su cuerpo y las preguntas la inundaban la cabeza; abrió los ojos y se incorporó pero no podía vislumbrar nada más que bultos, la luz a pesar de tenue la cegaba. Titubeante salió al pasillo de la mansión, el polvo y  las cortinas hacían opaco el tragaluz y conseguían una extraña penumbra.


Los recuerdos dominaban su mente en la oscuridad, ¿Quién era el extraño? ¿qué me hizo?; según lo que había leído en cuentos e historias unas marcas así no las dejaba cualquiera, pero eran reales. Fue al lavabo a taparse la herida, el agua en contacto con la herida, abrasaba, entraba en ebullición y no surtía efecto. El dolor se fue haciendo más intenso conforme pasaban las horas. Tenía sed y estaba agotada, pero el agua no la saciaba, la comida no satisfacía su paladar, necesitaba… algo más.

A la luz de la luna

Voy a publicar unos quepeños relatos que tenía en un antiguo Blog para que por lo menos no caigan en el olvido de un archivo de mi ordenador.

La noche era clara, la luz de la luna dejaba una penumbra en la habitación. Fuera se oía el silbido de un viento gélido que de vez en cuando se notaba por las rendijas del ventanal. Su cuerpo estaba inmóvil, sus músculos tensos, su corazón palpitaba con ritmo acelerado, todos sus sentidos puestos en las fantasmagóricas sombras que creaba la luna; ella sabía que no estaba sola, que había algo mas ahí fuera. De repente un golpe seco, un parpadeo, y la ventana estaba abierta. Rápidamente se levantó a cerrarla pero ya era tarde, algo había entrado en la habitación, podía notar su presencia, una presencia fría, inquietante, pero a la vez tranquilizante.


De pié junto a la ventana ya cerrada notó algo que la rozaba la  espalda, el roce fue fugaz, pero suficiente para sentir cómo se helaba la sangre. Se giró, avanzo hacia la oscuridad, hacia donde estaba la cama, pero a medio trayecto se paró en seco, un aliento frio le rozaba el cuello, unos labios se posaron levemente sobre su piel; segundos que parecían horas enteras, pero aquella sensación era nueva, algo en su interior le invitaba continuar, los fríos labios seguían recorriendo su cuello besando centímetro a centímetro. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras oía un leve susurro al oído; con la respuesta comenzó en baile, la pasión se desataba, no importaba el frío, no importaba quien o qué fuese el extraño. El final, un beso largo y sensual; los labios volvieron a recorrer el cuello, punto por punto, hasta que suavemente y con delicadeza, ella notó como algo se iba clavando en un costado, no sentía ni dolor ni miedo, ni frio ni calor, desde entonces no volvió a ser la misma.